La historia
Cómo empezó todo
Empezó como empiezan casi todas las cosas buenas del folklore: sin plan.
Una guitarra que estaba ahí, en un rincón de la casa. Una voz que acompañaba desde la
cocina y que un día se animó a ponerse adelante. Chacareras que se cantaban en familia
porque siempre se habían cantado, sin pensar que alguna vez iban a sonar en un escenario
con luces.
Después vinieron las primeras invitaciones. Una peña de barrio. El aniversario de una
institución del pueblo. Un acto en una plaza donde el micrófono acoplaba y había que
arrancar igual, porque la gente ya estaba sentada esperando. Y ahí, en esas primeras
veces, descubrimos algo que todavía nos mueve: cuando cantás folklore, no estás
actuando para un público, estás compartiendo con gente que ya conoce la letra.
Con el tiempo, el dúo se hizo oficio. Aprendimos que un show en un centro de jubilados no
se arma igual que uno en una peña de madrugada. Que hay eventos donde hay que ponerse la
chomba negra con vivos blancos y el pantalón blanco, y presentarse impecables. Y otros
donde el poncho, la boina y la chalina norteña dicen más que cualquier presentación.
Aprendimos también a crecer sin perder el centro. Cuando el escenario lo
permite y el evento lo pide, se suma un segundo guitarrista criollo, y el dúo se hace
trío. Y cuando hay que hacer bailar a una plaza entera, se arma la banda: bombo legüero,
congas, bajo, acordeón a piano, segunda guitarra. Seis músicos arriba. Pero el corazón
sigue siendo el mismo de aquella cocina: una voz, una guitarra y ganas de que la
gente la pase bien.
Hoy nos subimos a escenarios municipales, centros culturales, peñas tradicionalistas y
fiestas de devoción popular en todo el norte y el noroeste del Gran Buenos Aires. Y cada
vez que arranca la primera chacarera y alguien en la última fila empieza a marcar el ritmo
con la mano, sentimos exactamente lo mismo que la primera vez.